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La Ley y La Gracia

Septiembre 25, 2017

Con cierta frecuencia, el pueblo de Dios encuentra una gran dificultad en mantener el balance entre verdades bíblicas que nosotros colocamos en polos opuestos, pero que Dios coloca una al lado de la otra. Recientemente leí un artículo donde el autor hacía una comparación entre tres posibles (y únicos) enfoques a la hora de enseñar: la predicación de la gracia del evangelio, el libertinaje, y el legalismo. Si lo presentamos de esa manera, el único tipo de predicación que tiene sentido bíblico es la predicación de la gracia del evangelio. El problema está en que el libertinaje es una distorsión del uso de la ley, como también lo es el legalismo. Ahora bien, la gracia solo representa uno de los atributos de Dios, y por tanto la predicación exclusiva de la gracia nos da una idea incompleta y desbalanceada del carácter de Dios.

Estoy convencido de que hay otro camino. El argumento que vengo sosteniendo es que el creyente necesita conocer el carácter de Dios como está revelado por Él mismo en su Palabra. Esto requerirá una dosis de predicación tanto de la ley como de la gracia. La ley de Dios representa Su carácter santo, y no hay manera de que la predicación del carácter santo de Dios pueda pasar desapercibida sin que la vida del creyente sufra significativamente. Por otro lado, la gracia es otra expresión de Su carácter, que alcanzó su mayor expresión en la cruz. Pero lo que demandó la cruz fue la santidad del carácter de Dios. Sin esa santidad, la cruz no hubiese sido necesaria. Leamos cómo lo expresó Pablo en esta porción de la carta a los Romanos (3:23-26):

“Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús”.

Dios Padre llevó al Hijo a la cruz para no dejar su justicia incumplida y su santidad sin vindicar. La cruz no es solo una expresión de su gracia: es también una expresión de su justicia. Cuando Cristo fue clavado en aquel madero, su gracia puso en despliegue su amor incondicional por los pecadores, y su justicia proclamó el compromiso de Dios consigo mismo de mantener en alto su santidad.

Aun con la presencia del Espíritu Santo en nosotros, después de Génesis 3 y de este lado de la eternidad, necesitamos un recordatorio continuo de aquello que complace o no a nuestro Dios y esto lo hace la ley de Dios (ver los tres usos de la ley de Dios mas abajo).

Por otro lado, la gracia me ayuda a no sentirme aplastado por el peso de la santidad de Dios cuando peco, sobre todo después de haber creído y después de tener la iluminación de su Espíritu. De manera que yo necesito una dosis importante de gracia para caminar saludablemente; pero necesito una dosis igualmente importante de la ley para caminar santamente.

Predicando la ley

Como decíamos al principio, el pueblo de Dios tiende a mover el péndulo hacia un lado o hacia el otro, y raramente lo deja en el medio. Si bien en años pasados el legalismo fue ampliamente confundido con santidad de vida (“no hagas”, “no digas”, “no toques”, “no veas”), hoy en día lo que vemos es una despreocupación por la ley de Dios y un sobre énfasis en la predicación de la gracia, a expensas de la ley.

   Si no entiendo la ley, no apreciaré la gracia.

   Si desprecio su ley, abarataré su gracia.

   El ignorar su ley convierte la ley de la libertad (Stg. 1:25) en libertinaje.

Esta tendencia es evidente en las iglesias en Latinoamérica. De hecho, está en el ADN del “evangelio de la prosperidad” el predicar las promesas y bendiciones de Dios, sin predicar las demandas de la ley de Dios.

Por qué no predicar la ley

He podido observar que hay tres tipos de personas que se sienten inclinados a predicar solo la gracia sin el debido lugar de la ley:

            a) Personas con un trasfondo de rebeldía, pero criadas en un hogar cristiano donde hubo mucha ley y poca gracia. Al encontrarse con la gracia de Dios, malentienden que la causa de su rebelión fue la ley y no la ausencia de balance.

              b) Personas altamente emocionales, que desean “revolcarse” en la gracia de Dios para sentirse livianos cada vez que sus emociones los llevan a pecar. De esa manera minimizan la gravedad de sus transgresiones y viven sin ningún cargo de conciencia a pesar de su vida de desobediencia.

           c) Personas que no han entendido el rol de la ley de Dios en la vida del creyente. Los reformadores y aun los puritanos entendieron cuán saludable es la presencia de la ley en nuestras vidas como una manera de proveer una cauce para nuestras emociones caídas y el pecado remanente. Las aguas de un río causan mucho daño cuando se salen de su cause, y lo mismo ocurre con nuestras emociones.

El tercer uso de la ley

Los reformadores estuvieron de acuerdo en que la ley tenía diversos propósitos. La ley en primer lugar tiene un “uso civil” para restringir el pecado en la sociedad. Dios reveló su ley natural a través de la revelación general que dio al hombre e inscribió esa ley en nuestros corazones como revela Rom.2).

Un segundo uso sería,  el pedagógico. Esto quiere decir que la ley sirve para poner de manifiesto el pecado y así  acusa a los pecadores, mostrándole cuánto se han apartado de la ley moral, y así hallar el camino para el evangelio.

El tercer uso de la ley tiene su efecto en aquellos que están en Cristo. Aquí la ley nos muestra lo que complace a nuestro Dios y lo que no lo complace. Este último uso es para aquellos que ya han nacido de Nuevo. A los creyentes se nos ha dado una nueva habilidad para guardar la ley que no existía antes de la venida de nuestro Señor y la morada del Espíritu en nosotros. Juan nos enseña de esto en 1 Juan 3:24: “El que guarda sus mandamientos permanece en El y Dios en él. Y en esto sabemos que El permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado”.

En un sentido, esto no es tan diferente a lo que había sucedido en el Antiguo Testamento. Dios redimió a su pueblo de la mano de Egipto (Éx. 19), y luego le da la ley (Éx. 20). Primero gracia y luego ley. Dios no le dio la ley para que si ellos la guardaban serían liberados de Faraón. ¡No! Ellos no podían cumplir la ley perfectamente. Pero si necesitaban alguna motivación para guardar la ley, no sería el que serían salvados de Egipto, sino el agradecimiento por haber sido sacados del cautiverio.

Entonces, no tratamos de obedecer su ley para salvación. Esto nunca ha sido una posibilidad, porque por medio de la ley ningún hombre es justificado (Ro. 3:20). La obediencia a la ley de Dios debe ser una respuesta natural del creyente que ama a su Dios… “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, (Jn. 14:15). El salmista entendió esto perfectamente bien cuando exclamó, “¡Cuánto amo tu ley!” (Sal. 119:97). Y Pablo afirmó el mismo principio al decir, “Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios”, (Ro. 7:22). Ni el salmista en el Antiguo Testamento, ni Pablo en el Nuevo, minimizaron el rol de la ley; antes bien, la amaron. Esta es una manera de honrar la santidad del Dios que dio a su Hijo en una cruz para el perdón de mis pecados y la salvación de mi alma.

La respuesta a esta interrogante no es simple. Algunos textos bíblicos parecen responder afirmativamente pero otros no.

Por ejemplo, Jesús nos advirtió: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lucas 6:26, LBLA). Y sus propios enemigos notaron su indiferencia a lo que otros pensaban: “Maestro, sabemos que eres veraz y que no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial, y enseñas el camino de Dios con verdad” (Marcos 12:14, LBLA). Pablo dijo que si tratara de agradar a los hombres ya no sería siervo de Cristo: “Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10, LBLA). “Sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones” (1 Tesalonicenses 2:4, LBLA).

Por otra parte Proverbios 22:1 (LBLA) dice: “Más vale el buen nombre que las muchas riquezas, y el favor que la plata y el oro”. Y a Pablo le preocupaba ser desacreditado mientras administraba el dinero para los pobres: “Teniendo cuidado de que nadie nos desacredite en esta generosa ofrenda administrada por nosotros; pues nos preocupamos por lo que es honrado, no sólo ante los ojos del Señor, sino también ante los ojos de los hombres” (2 Corintios 8:20-21, LBLA). Importaba lo que los hombres pensaran. Le enseñó a la iglesia Romana: “Así que, nosotros los que somos fuertes, debemos…y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación” (Romanos 15:1-2, LBLA). También enseñó que uno de los requisitos del obispo es ser “irreprochable” (1 Timoteo 3:2), incluído entre los no creyentes: “Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo” (1 Timoteo 3:7, LBLA).

Pedro también pidió que nos preocupara la opinión de los extraños: “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1 Pedro 2:12, LBLA).

Pregunta: ¿Cómo se resolverá esta tensión entre estos dos grupos de escrituras?

Respuesta: dándonos cuenta de que el objetivo de la vida es que “Cristo sea exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte” (Filipenses 1:19-20). En otras palabras, de acuerdo con Pablo, si importa – realmente importa – lo que opinen los demás de Cristo. Su salvación depende de lo que piensen de Cristo. Nuestras vidas deben mostrar su verdad y su belleza. Por lo tanto, si nos debe importar lo que piensen los demás de nosotros como representantes de Cristo. El Amor lo demanda.

Obsérvese donde recae el énfasis: no en nuestro valor, excelencia, virtudes, poder o sabiduría. Recae en si Cristo recibe honor por lo que la gente piense de nosotros. ¿Hacemos quedar bien a Cristo por nuestra manera de vivir? Si nos importa si Cristo queda bien.

Nuevamente, nótese una distinción crucial: La prueba de fuego para mostrar fielmente la verdad y belleza de Cristo en nuestras vidas, no es la opinión de los demás. Queremos que vean a Cristo morando dentro de nosotros y que lo amen (y por lo tanto, incidentalmente nos aprueben). Pero sabemos que tal vez estarán cegados y se resistirán a Cristo. Así que la opinión que tienen de Jesús es la misma que tendrán de nosotros. “Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!” (Mateo 10:25, LBLA). Jesús quería que la humanidad lo admirara y confiara en él. Pero Jesús no cambio su forma de ser y comportamiento para obtener la aprobación de los demás. Nosotros tampoco debemos hacerlo.

Sí, queremos que la gente nos vea con aprobación cuando mostramos cuan valioso es Jesús para nosotros. Sin embargo, no debemos permitir que la opinión de los demás mida nuestra fidelidad ya que podrían estar cegados y resistirse a la Verdad. En ese caso, el reproche que soportemos no es un signo de infidelidad o falta de amor.

Que Dios nos de sabiduría, amor y coraje para agradar y no agradar cuando nos aferramos a Cristo nuestro tesoro.

Pastor John

 

Mujeres de Esperanza

Diciembre 23, 2013

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